Cada persona en el mundo es en sí misma un universo. Cada uno de nosotros siente, piensa, vive y actúa de acuerdo a una lógica imposible de generalizar para el conjunto. Nada es más disparatado y difícil de prever que la conducta humana. Sin embargo, estos universos humanos no se han constituido en forma aislada.
Numerosos factores influyen en su constitución. No es mi intención en este trabajo dedicarme al análisis de cada uno de ellos. Sí quiero dedicar estas líneas a un grupo de factores del orden de lo vincular, que por su especificidad funcional los considero condición necesaria para la estructuración y consecuente desarrollo de la personalidad de los pacientes que presentan una problemática relacionada con las adicciones, y las diferentes maneras en que dicha problemática puede verse reflejada en el cuerpo.
Creo que es importante en este punto aclarar que cuando digo "cuerpo", no estoy hablando del mismo de la manera en que lo conceptualiza la medicina clásica. No estoy hablando del cuerpo biológico compuesto por determinados órganos, aparatos y sistemas, en los cuales se producen diferentes procesos fisiológicos, metabólicos, etc.
Sino que estoy hablando del cuerpo tal como es considerado por la disciplina que profeso: la terapéutica corporal. Es decir: la imagen dinámica de un ser humano vivo, en la cual se puede leer a partir de sus múltiples expresiones, posturas y movimientos, una situación psicológica determinada, particular para cada sujeto e igualmente dinámica.
Durante el transcurso de los últimos años de trabajo con pacientes que presentan problemas de adicción a distintas sustancias, he logrado observar en ellos ciertas características comunes, referidas a su forma de vincularse e interactuar con el medio, y en especial con aquellas personas que constituyen su vida afectiva.
Si bien es cierto que la modalidad del vínculo presenta las particularidades propias de cada sujeto, creo que es posible aislar del conjunto determinados rasgos que por la frecuencia de su aparición podemos considerar constantes.
Tal vez el rasgo principal de la vincularidad adicta sea la marcada dependencia que establecen con las personas que conforman la esfera de sus afectos, por lo general dependientes también de las drogas más frecuentes o, y este punto es el que considero significativo, de determinadas personas que por sus características propias pueden constituirse en objetos a los cuales adherirse, repitiendo un modelo de vínculo que en relación al hábito de consumir las distintas sustancias tóxicas, tiene en el sentido de lo temporal, un carácter primario.
Otra característica que se observa frecuentemente en esta modalidad vincular es la dificultad que tienen los pacientes para asumir la responsabilidad que les concierne en lo referente a las distintas circunstancias que se producen en sus actividades cotidianas y en su vida de relación con los otros, frente a los que ocuparán indistintamente un lugar de dominio o de sumisión, y a los cuales responsabilizarán constantemente de todo lo bueno o malo que acontece en sus vidas. (La culpa de todo está afuera...).
Estas personas tienen por lo general una vida sexual en la que pueden reconocerse atributos perversos. Sobre la cual predomina un sentimiento de constante insatisfacción, acompañado por la ausencia de un proyecto de vida individual o de la pareja, basado en las posibilidades que brindan los medios "reales" a su alcance factible de alcanzar su futura realización.
La imposibilidad de relativizar la cualidad del afecto que reciben o brindan, la incapacidad de aceptar cambios en la imagen que han internalizado de sí mismos y de los demás, que como personas diferentes a ellos, son capaces de sorprenderlos con acciones imprevistas, actos creativos o momentos de cambio y crecimiento propios del acontecer humano, también nos remite a una forma de vínculo primario en la cual estas acciones tampoco eran aceptadas o promovidas por los padres, sino, por el contrario, prohibidas o castigadas en algunos casos con desmesurada violencia.
Todo lo anteriormente expuesto da cuenta de la existencia de una forma de vincularidad primaria, caracterizada por un déficit, una falla o una ausencia, que se manifestarán en la vida de los pacientes de diferentes formas, tendientes a reproducir aquellas condiciones fundantes de su vida relacional, en las cuales la persona no puede originar, sin la ayuda adecuada, ninguna modificación capaz de liberarla de su dependencia afectiva.
Mi trabajo no consiste sólo en la observación e interpretación de lo corporal. Las consignas verbales, la palabra y la escucha de lo que mis pacientes cuentan durante las sesiones, tienen también una importancia fundamental. Ya que la tarea de repensar y analizar este material me permite el desarrollo de una primera aproximación teórica cuya propuesta es el abordaje del problema de las adicciones desde una perspectiva corporalista.
Del relato de mis pacientes se deduce lo siguiente: toda adicción es el resultado de una elección forzada realizada durante las primeras etapas del desarrollo. Dicha elección se presenta como la única salida posible porque las otra opciones son quedar atrapado en un vínculo asfixiante donde está anulada toda posibilidad de diferenciarse de ese Otro en relación al cual el sujeto se encuentra absolutamente indefenso. Las opciones son: la aceptación del contenido implícito del discurso del portavoz (Madre o Padre) y del modelo que propone, la locura o la muerte.
A pesar de que para ellos en su realidad subjetiva las opciones siguen siendo las mismas, el trabajo terapéutico los ayuda a ver que hay otras. La realidad de este cuerpo, que queda en el cuerpo como memoria corporal que será necesario evocar y contar de nuevo, para poder entender y de esta forma no repetir.
Así como el jugador compulsivo juega para perder y de esa manera reencontrarse con la falta, cada adicción conduce al sujeto hasta la repetición de un estado psíquico y orgánico en el cual podemos reconocer la misma situación de inermidad e indefensión que corporalizó el no deseo del Otro en las mismas etapas de su desarrollo subjetivo.
Hay sensaciones orgánicas de malestar, dolor, contracturas, etc. Recuerdos que tienen que ver con lo primario, estas son derivadas de la compulsión a la repetición, que también compromete al cuerpo y que tiene que ver tanto con el exceso de goce en el vínculo destructivo como con el síndrome de abstinencia en el corte vincular. La falta, el vacío, aparecen tanto en el exceso de la presencia del otro como en su ausencia.
Porque lo que se sostiene en la adicción vincular es el no tener como representación del tener. Aunque más no sea, tener dolor.
"En los primeros años el ser en crecimiento se
alimenta del deseo de los padres y del reconocimiento
de que existe como ser en desarrollo. El deseo que
los padres imprimen al hijo y el reconocimiento de que
también es deseante es base de un niño alegre y
contenido psicológicamente, aún en sus impulsos
más destructivos"
- Juan Alberto Yaria -
Por la Terapeuta Corporal Perla Tarello
NOTA DE HOLÍSTICA 2000: Perla Tarello es Terapeuta Corporal. Integra el Movimiento de Trabajadores e Investigadores Corporales para la Salud.
Desarrolla su método propio de terapia corporal y actualmente investiga los efectos de la cocaína y alcohol y sus consecuencias en el organismo, huesos, músculos y el gesto.
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