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Barbi, el osteosarcoma... Y los enanitos!

B.B. llegó por primera vez a mi consultorio en agosto de 1983. Tenía siete años cuando sus padres entraron sin ella a mi consultorio (la dejaron fuera del consultorio jugando) y me dijeron que padecía un osteosarcoma de fémur derecho en su extremo distal, es decir próximo a la rodilla.

Sólo veinte días atrás había comenzado a renguear y luego vino toda una serie de estudios que terminaron en una biopsia de fémur con el diagnóstico temido: osteosarcoma.

El osteosarcoma es un tumor maligno de hueso que hace metástasis rápidamente, por lo que es de buena práctica realizar un tratamiento agresivo con quimioterapia antes de la operación. El plan inicial para ella era de quimioterapia semanal durante 15 semanas.
Los padres me preguntaron qué se podía hacer como complemento del tratamiento convencional que ya comenzaba la semana entrante.  

Les expliqué que existía el enfoque “Simonton”, una técnica que debe su nombre al médico norteamericano que la ideó, basada en la aplicación de las imágenes mentales del paciente (algo parecido al control mental), para potenciar el tratamiento de quimio o de radioterapia en el cáncer.

También les expliqué que esta técnica se utiliza en adultos porque hay que concentrarse tres veces diarias en las visualizaciones, y que no se me ocurría cómo aplicarlo en una niña de sólo siete años.

Al poco rato B.B. entró y la vi por primera vez. Tenía una sonrisa de oreja a oreja (que pocas veces perdió), con los ojos brillantes y con una energía desbordante que inundó el consultorio. Yo le expliqué que hacía medicina no convencional y que quería intentar con ella una forma especial para ayudar a curarla. Ella estuvo de acuerdo en todo momento.

Entonces lo que hice fue darle una hoja de papel y decirle que dibuje su enfermedad, cosa que hizo y que se ve en la fig. 1. Luego le dije que imaginara el tratamiento, y dibujó (fig. 2) su cuerpo con una fila que parecía de hormiguitas que iba desde el pecho hasta la pierna. Ella me explicó que en el pecho estaba el catéter que le habían colocado debajo de la piel para no pincharle las venas todo el tiempo. Por la guía del suero iban a bajar un montón de enanos con baldes con remedio en su interior e iban a ir caminando hasta la pierna para rodear “la lastimadura” (así lo llamaba ella) y tirarle baldazos de remedio. Finalmente le dije que dibujara su pierna curada, cosa que hizo (ver fig. 3), dejando la zona vacía de enfermedad.

Lo que se me ocurrió, viendo esos tres dibujos, fue que todos los días hiciera esta serie (enfermedad, tratamiento, curación) tres veces, es decir a la mañana, a la tarde y a la noche. Al final de la semana, al venir al consultorio, me debía mostrar si había hecho la “tarea” especial de dibujar su propia curación. Yo todas las semanas le controlaba los dibujos y le hacía observaciones si veía algo especial o negativo.

Es interesante recalcar que esto no reemplaza totalmente la visualización, pero en un niño su concentración al dibujar es alta, y en cambio su concentración al visualizar tres veces diarias no es buena. Ella sabía que cada vez que hacía los dibujos lo que estaba dibujando era su enfermedad y su propio tratamiento.

Así fueron pasando las semanas y los meses, con B.B. dibujando y yo a su lado compartiendo su proceso.

Al mismo tiempo, cada semana que la internaban para hacer la quimioterapia, yo iba al sanatorio y la ayudaba a concentrarse para que el remedio fuera lo más efectivo posible y que tuviera los menores efectos adversos que consiguiéramos.

En el transcurso del tratamiento conmigo, también exploramos por qué había enfermado. Ella pudo ver que había enfermado de cáncer al enterarse de la separación de sus padres unos meses antes de desatarse la enfermedad.

Esto es bastante común en los niños, que tienen un pensamiento mágico donde creen que si se enferman, sus padres se mantendrán unidos para cuidarlos. He visto muchos casos graves por este mecanismo como cáncer, traumatismos severos, infecciones muy severas, etc.

Cada semana la internaban para hacerle quimioterapia y yo iba hasta el hospital para ayudarla a concentrarse en su tratamiento... “que estaba entrando por el suero”.

Así pasaron los meses, hasta que finalizó la primera parte del tratamiento con quimioterapia y comenzó a hablarse de la operación.

Los médicos que atendían su caso, hablaban de amputar la pierna y la madre comenzó una lucha que terminó en el Hospital Italiano, donde encontró un médico (actual jefe de traumatología del servicio) que dijo que se podía respetar la pierna y hacer una ablación del pedazo de hueso enfermo, con un injerto posterior de hueso.

Finalmente, y luego de muchas tribulaciones, la madre consiguió tener todo para la tan esperada operación que respetaría la pierna de B.B.

El día de la operación fui al hospital a las seis de la mañana, donde la encontré a B.B. muy sonriente y diciéndome: -“¿Sabés una cosa, Rogelio?... ¡Ayer dos de los enanos que tiran remedio en la “lastimadura” se casaron y van a tener un hijo! “

Fue en ese preciso momento que me di cuenta que la curación estaba instalada en su interior, porque ese casamiento y el nacimiento futuro implicaban una conexión con la Vida misma. Sabía en lo profundo de mi ser que todo iba a salir muy bien.

Durante la operación, le seccionaron el tercio inferior del fémur (donde estaba el tumor) y le injertaron un hueso. Para fijar ambas partes utilizaron una barra de acero con tornillos. Cuando llevaron el hueso con el tumor a patología y lo analizaron, el patólogo citó a la madre aparte y le informó que el porcentaje de necrosis (es decir de muerte celular) tumoral encontrado fue del 98 %, cosa que era rarísima en un osteosarcoma, por más efectivo que fuera el tratamiento. La madre se limitó a sonreír...

Cuando despertó de la cirugía, B.B. tenía dolores en su pierna. Los médicos le habían enseñado a clasificar sus dolores entre 0 y 10, para avisarles a ellos y darle analgésicos que, al inicio, eran bastante potentes.

Al día siguiente, cuando ya estaba más despierta y lúcida, le enseñé una técnica para sacarse el dolor. Desde ese momento, los puntajes de dolor siempre fueron 0 , porque ella cada vez que empezaba a doler se lo “quitaba”. El padre guardó esa planilla de registro de la intensidad de su dolor por largo tiempo

Entonces comenzó una segunda fase del trabajo; le indiqué a B.B. que dibujara la formación del callo en el hueso, como si fueran ladrillos que iban formando una pared, hasta que finalmente quedaba formado como un sol en su hueso, indicando la finalización del proceso (ver fig. 4). También dibujaba la formación del callo óseo tres veces por día, y semanalmente yo le controlaba su trabajo mientras charlábamos.

Así estuvimos unos meses, porque el callo no se formaba como debía haberlo hecho. El proceso iba muy lento, pero avanzaba. A todo esto, ella continuaba con quimioterapia como era el plan original, que consistía en seis meses de quimioterapia post-cirugía.

Finalmente, luego de una año y medio de trabajar intensamente, de enojarnos y amigarnos (como chicos), a B.B. le dieron el alta oncológica.

Bastante tiempo después, a mediados de 1996, recibo un llamado de la madre de B.B.

-“Rogelio, sentate que te tengo que dar una mala noticia que no vas a poder creer. Mi hija se rompió la pierna y además rompió la barra de acero!”-.

Realmente no lo podía creer. Luego de tanto trabajo, una fractura. ¿Qué es lo que había pasado realmente?.

Al verla, ella me cuenta que su papá, que llevaba tres años de separación y una pareja nueva... ¡estaba esperando un bebé!.

Aunque parezca increíble, B.B. hizo un cáncer cuando se enteró que sus padres se estaban separando, y rompe su pierna en el momento de enterarse que su padre estaba esperando otro hijo. Hubo que internarla nuevamente para operarla y cambiarle el tutor de acero. Al poco tiempo inició una psicoterapia que duró un tiempo prolongado.

Hoy, pasados diez años, B.B. está perfectamente bien, completamente sana y llevando una vida normal.

Y cada vez que mira su pierna, recuerda todo el trabajo y la energía que ella colocó para que la curación fuera como fue: un proceso de descubrimiento y crecimiento interior sin igual.

Por el Dr. Rogelio D'Ovidio (Exclusivo para Holistica2000)


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