MEDICINA DE ORIENTACIÓN
ANTROPOSÓFICA

Por el Dr. Roberto Crottogini

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Septenios del Cuerpo Septenios del Alma Septenios del Espíritu El Cáncer  

 

EL DESTINO DEL HOMBRE 

Este es uno de los temas que, popularmente, se tratan como una cuestión de creencias. Por lo tanto, la gente se divide entre los que creen y los que no creen. 

Estudiando Antroposofía -estudiando, no leyendo- se puede llegar a comprender los mecanismos y las leyes que rigen al mundo físico. Estas son las leyes que describe la Ciencia Física.

La profundización de estas leyes puede llevar a comprender otra dimensión, la dimensión del mundo espiritual o del mundo trascendente. Entonces, lo que en un principio es una creencia o una atracción a estos temas, cambia de categoría, se transforma en un profundo estudio de la naturaleza humana. 

En esta forma de vincular al hombre con el Cosmos, cuando una persona dice: “yo creo esto”, “yo contesto: “bueno, está bien: es un comienzo” pero agrego: “yo no creo, yo pienso”. Esto tiene otra categoría. 

Al estudiar estas cuestiones y llevarlas a esta categoría del pensar, se produce una certidumbre dentro de uno. Le llamo certidumbre y también diría solidez en cuanto al conocimiento. Solidez, porque acostumbramos a hablar erróneamente de lo concreto y de lo abstracto. Consideramos concreto, a aquello que se relaciona con lo físico visible; y llamamos abstracto, a un sentimiento, a un pensamiento, al mundo espiritual. 

Esto es absurdo; porque una emoción es tan concreta como una silla. La dignidad es concreta; uno sabe cuando está en presencia de la dignidad, de la libertad, del amor. Es posible que sea difícil de explicar, pero es absolutamente concreto, no es abstracto. 

Desde este punto de vista, no sólo vengo a escribir y decir: “El destino es esto” y me voy. En cambio, mi propuesta es que hoy pensemos en “qué es el destino”. 

A partir de los 40 / 45 años, el tema del destino tiene otras connotaciones. Nos lleva a pensar sobre temas como la vida y la muerte; el sentido de la vida; el sentido de la enfermedad. En este período, no podemos negar que delante nuestro, a una corta o larga distancia, existe la posibilidad de la muerte. La muerte como cambio de estado, como transformación del ser, como cambio de estado de conciencia. No es lo mismo concebir este cambio de estado de conciencia a los 20 que a los 40 años. A medida que pasan los años, si no dilucidamos esta cuestión, comenzamos a negar o nos angustiaremos mucho, cuando llegue la verdadera muerte.

Desde la óptica antroposófica, hablar del destino, en un ámbito médico, debiera ser el ideal de la medicina. 

A la Medicina Antroposófica -que significa conocimiento, sabiduría del hombre- le interesa conocer el sentido de la enfermedad, conocer las posibilidades de libertad y transformación de la enfermedad. 

Al hablar de destino, debemos tener la mirada más amplia; sobre todo porque no hablamos a nivel de creencias, sino que hablamos a nivel de trabajo interno.

Así, podremos considerar a la vida no como si fuera una línea recta. Generalmente vemos la vida como una línea recta, donde en un punto comienza y en otro punto termina. Estos dos puntos, son aquellos en los que podemos marcar el momento del nacimiento y el momento de la muerte; pero la vida está más allá de esta concepción.

Debemos considerar que hay una vida conciente, una vida inconsciente, una vida dentro del cuerpo, una vida extracorpórea; y considerar a esa línea, como una sinusoide, no como una recta.

El esquema de la línea recta es un concepto básico que tenemos incorporado, abonado además por toda la ciencia y la física actual, mecanicista y materialista.

El esquema que yo propongo es el de una sinusoide, casi eterna, jalonada por pequeñas apariciones que llamamos nacimientos. Este es el esquema referencial que me permite enfrentar a un enfermo de cáncer, a un inválido, a la mamá de un niño Down.

En el momento en que podemos hablar de distintas experiencias de vida, el destino deja de estar atascado entre dos paredes: paredes que además, están signadas por la casualidad; porque la ciencia positivista, mecanicista que conocemos, está básicamente centrada en los principios de las leyes del azar. 

Los biólogos moleculares, que estudian el fenómeno humano a partir de la programación genética, afirman que la casualidad es lo que rige el edificio de la evolución humana. Casualidad pura que deriva de las leyes del azar; con lo cual las enfermedades están determinadas por el programa genético de la persona. Pero no puedo responder porqué. 

Sobre estas bases reposa la idea del destino humano, desde el punto de vista científico. Para la ciencia no hay nada ni antes ni después de un período de vida, simplemente porque no se puede demostrar. La Ciencia actual trabaja sobre las bases del método científico, postulando que todo fenómeno debe ser demostrado para que sea considerado  una realidad. Lo grave de este postulado, es que la ciencia no aclara que lo que no se puede demostrar podría existir.  En consecuencia, nosotros aceptamos que si la ciencia dice: “esto no es demostrable” -por ejemplo el aura humana- nosotros dudamos de lo que podemos percibir. 

Pero la ciencia no puede hablar de lo que pasa en el alma, de cuánto mide la libertad y de qué es el amor. Al no poder entrar en este terreno, no puede explicar qué es una experiencia mística, ni una alteración del estado de conciencia. Al no poder explicarlo dice: “esto no existe”. 

Cuando hablo de Organización etérea u Organización astral, si alguien bien intencionado me pregunta: “Dr, ¿cómo lo demuestra?, mi primera consideración es determinar desde dónde lo pregunta. Si es médico, como tal no estudió ninguna de estas cosas. Estudió medicina, le enseñaron a pensar que un tejido o un órgano, es un cúmulo de células. En el momento en que éstas maduran, un ser nace; después de un año, aprende a pararse; después piensa; etc. Entonces, en la Organización física, no hay ninguna sensación, ni emoción, etc. 

De esta manera, no podremos incursionar en una dimensión espiritual. Con el aval científico, no podremos incursionar en fenómenos que trascienden la muerte o fenómenos de conciencia. 

La ciencia pretende explicar la conciencia, exclusivamente a través de reacciones bioquímicas o farmacológicas. 

La administración de una droga, que cambia químicamente una actitud, no implica que de esa manera, se sepa qué relación tiene ese cuerpo físico con el espíritu. Esto no significa que este medicamento no puede actuar y no puede curar; sino, que esta forma de pensar o esta ciencia, no nos dará la explicación del destino humano. Porque  partiendo de la casualidad, ¿qué puedo preguntarme acerca de una enfermedad o porqué tengo este código genético? Con estas premisas no puedo trabajar; tengo que ser un ente pasivo de la medicina y de la ciencia. En la medicina, el paciente es un ente pasivo, lleva el cuerpo, para que el otro, que sabe, determine el uso de cirugía, de drogas, etc. La persona se entrega al conocimiento del representante de la Ciencia Médica. 

A partir de aquí, podremos plantearnos qué es la curación. Pensar en la curación, implica que un síntoma no será eliminado. La curación es recuperar el equilibrio perdido. 

Cuando nos planteamos la vida como una línea sinusoide, se hace necesario pensar.

Cuando nos planteamos la vida como una línea recta, no es necesario pensar.

El asunto es plantearse una cosa distinta. Los que dudan acerca del cambio del estado de conciencia, después de la muerte, son los que más posibilidades tienen de aprender.

En cambio, muchos de los que están seguros, basan su seguridad en la religión, en el dogma y en la fe en Dios. Pero es probable, que nunca hayan pensado realmente, en qué es Dios, qué es esto sobrenatural. 

Aquí me refiero a la convicción de uno razonando, pensando, sin la desesperación de una enfermedad, que me obliga a pensar rápidamente. 

Es necesario pensar en las Leyes universales que gobiernan ese orden universal. Al pensar en un orden universal, es posible pensar en una justicia universal. Si puedo pensar que hay orden y justicia universales, las cosas que suceden, ya no las puedo juzgar, simplemente porque me duelen. 

En general, decimos que las cosas son buenas o malas según nos duelan o no.

Cuando se está en un proceso doloroso, parece que en lugar de llegar el alivio, llegara más dolor, haciéndolo insoportable. Sin embargo, cuando la persona llega a su límite, a ese punto que necesita superar o transformar, se produce la comprensión. Esto se llama entrega; y  no tiene nada que ver con la religión, sino con un estado superior de conciencia. 

El dolor frente a la muerte tiene que ver con la partida; no hay partida que no produzca dolor. Sin embargo, es diferente saber que existe otro lugar, o pensar en la no existencia. Yo he podido observar que el temor básico a la muerte, es el temor a la “disolución del Yo”, del ser, el temor “a no ser”. La sensación del no ser, es bastante difícil de soportar internamente: no ser más, dejar de ser. Este sería el núcleo; porque no se trata del dolor frente a la enfermedad, de lo que dejo; esto es emocional. Lo esencial, es que lo que yo adquirí como Ser desaparecerá y nunca más será. 

¿Por qué los que piensan que la vida continúa después de la muerte  también sufren?. 

Con el espíritu nos conectamos en un momento de meditación, cuando podemos perdonar, cuando nos emocionamos por el agradecimiento, por la ayuda desposeída de la obligación y del servicio. 

Con la conciencia de vigilia, no tenemos idea de lo que es el espíritu. Sólo tenemos idea de este nivel, cuando aparecen alguna de estas sensaciones, cuando sentimos que podemos desapegarnos  totalmente de ciertas cosas que, en otro momento, nos hubiera sido totalmente imposible. En esos momentos, aparece como una lucecita, indicando nuestra conexión con una parte que nos pertenece, pero que, habitualmente, no manejamos. 

Cuando empezamos a conectarnos con una cierta constancia, diaria o semanal, comienza a modificarse la vida cotidiana. Entonces, si en esta situación de contacto espiritual verdadero, una persona muere, la actitud cambia. Si este contacto se presenta esporádicamente, por ejemplo: cuando voy a un casamiento, me emociono porque fui a la Iglesia; entonces el casarse se relaciona con la emoción y con el recuerdo de mi casamiento. Esto es ingenuo, no tiene nada que ver con la esencia del matrimonio. 

Sentimos el amor a Dios con el sentimiento que tengo hacia Dios. Esta emocionalidad no nos da cuenta real de lo que pasa en el mundo espiritual. La emoción altera el ritmo cardiorrespiratorio. Este corazón-pulmón que tenemos, se agita con la emoción. Entonces, esa bendición de Dios es una cosa emocional; no espiritual. En lo espiritual, podemos recoger paz; ni la euforia ni la depresión son espiritualmente deseables. 

La angustia se produce, porque hay una vaga conciencia de que ese “yo” somos nosotros. De allí emana la conciencia espiritual. Pensar que todo se detiene, es como impedir que el “Yo” sea. Por eso causa angustia decir: la disolución; sería como decir la disolución del espíritu humano; la disolución de la esencia. 

Una persona que realiza algún tipo de trabajo espiritual y debe enfrentar a la muerte, tendrá otra actitud frente a esta situación. Sentirá el dolor de la partida, pero podrá mitigarlo con la comprensión de lo que está sucediendo. 

“Tengo una gran convicción sobre lo que está diciendo, producto de 30 años de estudios varios; pero últimamente, me planteo si esto no será una forma de conformidad frente a mi muerte, una forma de quedarme tranquila. Muchas veces me pregunto si podré mantener esta creencia y fuerza o me derrumbaré”. 

Aquí se está mezclando creencia y fuerza como dos polos opuestos. Esto suele suceder, porque, en determinados momentos y ante la muerte, todos los miedos pueden aparecer. Pero hay que buscar salir de ese miedo. Esto es un problema psicológico; es decir, tener la necesidad de creer en algo para tranquilizarse. Esta necesidad está en el alma y no en el espíritu. 

Es necesario trabajar esta problemática, lo cual significa que, si bien estuviste estudiando mucho durante 30 años, es probable que ahora debieras dejar de estudiar y, en su lugar, debieras pensar. Estudiar significa almacenar información; pero, ¿qué hace uno con esa información? ¿de qué sirve? ¿de qué sirve que otro replique que esto es así o de otra manera?. 

Si respondemos: “me sirve, pero está la duda”, nos quedamos en el plano anímico. Si hay dudas, no estamos en el plano espiritual. En el plano espiritual no hay dudas. Las dudas surgen en el plano anímico, en lo psicológico. 

Vivimos, normalmente, en la incertidumbre cotidiana y esto produce miedo a lo que pasará. En el momento en que nos conectamos con la certidumbre, todo lo que sucede a nuestro alrededor, es lo que tiene que suceder, es bienvenido; y, en nuestra entrega, nos aflojamos frente al miedo y no peleamos porque las cosas no son como queremos. Entonces, dejo de pensar en qué es lo que quiero y comienzo a observar. Al dejar de pensar en qué es lo que quiero, disminuye el nivel del deseo. En este momento, lo que puede suceder, sucederá más tranquilamente. En cambio, si aumenta el nivel del deseo, interfiero en el acontecer. 

Tu pregunta es un planteo del alma, anímico. Hay momentos en que se organiza todo lo que uno leyó o estudió y se produce un clic. Como también, hay momentos en que todo se puede desorganizar. Lo importante es poder determinar en qué nivel se producen estos movimientos. 

Cuando las personas no quieren oír hablar de la muerte, en realidad, de lo que no quieren hablar es de lo que está implícito en el concepto de muerte: destrucción, partida, etc. Es por esto, que al plantear el esquema de la línea sinusoide, hablamos de procesos de nacimiento y muerte, lo cual es muy distinto que decir: “aquí nace una persona y aquí muere”. 

Es muy importante revitalizar el concepto de enfermedad. La enfermedad que ya viene como algo anterior, previo y necesario para hacer la experiencia de vida. La enfermedad se manifiesta en el Cuerpo físico, no es problema físico. 

El Cuerpo Físico es lo más sano y sabio  que tenemos; se enferma por las cosas que suceden en cada proceso entre la muerte y un nuevo nacimiento. Así, lo que desarrollamos en cada vida, será lo que contribuye a conformar el Cuerpo y las predisposiciones a las enfermedades para la próxima encarnación; pero no como un castigo como resultado de un mal comportamiento, sino como experiencia resultado de la acción.

No se trata simplemente de arrepentirse de los actos, sino de tener referencias válidas. En cada encarnación se conforma un Cuerpo de acuerdo a los procesos vividos en los cuatro Cuerpos: Físico, Etérico, Astral y Yo. 

El Yo es el que resume toda la experiencia vivida, no se destruye nunca. El Yo es el Espíritu humano. 

Los otros tres Cuerpos se destruyen en cada vida. Cuando estos Cuerpos se destruyen, debido a que dejamos esta encarnación, el Yo comienza con su nueva experiencia, a conformar el próximo Cuerpo que tendrá ese ser, con toda la experiencia acumulada. 

Parte del trabajo antroposófico y del trabajo con los pacientes, es pensar juntos para saber qué opina la persona, qué cree que debe perpetuar y qué desaparecer. La persona misma tiene el secreto de las causas, no es el médico o el curandero o el vidente el que tiene que decirlo. La respuesta es de uno. 

El trabajo de vidas pasadas, en un fin de semana, es llamativo, interesante, divertido; ero en tres o cuatro horas es poco probable que uno se entere de lo que pasó. 

El cambio puede producirse después de 20 años de transitar por estos caminos y, en un momento, uno tiene la percepción y así se llega a una convicción. 

A la Tierra, a la experiencia terrenal, se le llama la escuela; porque una cosa es tener una conciencia extracorpórea, sin el cuerpo Físico, e imaginar lo que uno puede hacer en una experiencia de vida y otra cosa es sentirlo a través de las sensaciones que percibe el Cuerpo Físico. 

Creo que la ciencia avanzó en curar huesos pero no en curar personas; porque lo que a uno le pasa lo percibe como persona, no como sistema esquelético. Es decir, es percibido de acuerdo a sus posibilidades como persona y no como esqueleto. Es necesario recoger el aprendizaje; esa es la prueba. Porque la otra posibilidad, sería desarrollar un terrible odio hacia las personas sanas. Aquí reside la madurez del yo para elegir. 

Steiner decía: “no hay que desear las desgracias, pero tampoco hay que dejar pasar las desgracias sin aprovecharlas”. 

“No es la duda la mejor entrega”. La seguridad no nos llega, cuando nos convencemos de que nada es seguro”. 

Esta es una pregunta filosófica. 

La duda es la puerta y la certidumbre es el salón. La duda es la puerta, porque conduce a la búsqueda. El problema es cuando se vive en la duda. Esto causa más dolor que la muerte. La certidumbre es el saber, el conocimiento. 

El mayor problema, en el conocimiento, es el dogmatismo. El dogmatismo significa estratificar el conocimiento. Por ejemplo: si una persona estudió y otra no; esta última sabe que no sabe. Cuando sabe que no sabe, se queda en un estado adolescente, buscando siempre el defecto de los otros para decir: “te equivocaste”. No puede reconocer que el otro sabe y lucha por demostrar que él sabe, aunque sepa que no sabe. Cuando uno está decidido a saber, va adquiriendo la humildad del conocimiento. 

Cuando uno comienza a darse cuenta de qué es el conocimiento, jamás podrá pensar que es el dueño del saber. Uno se encuentra en el camino hacia la verdad. En este camino la duda produce la necesidad. 

Para un niño en edad escolar, lo más importante de una escuela, es que ésta cree la necesidad, la inquietud de conocer, de saber. Lo malo, lo peligroso es cuando no se despierta el interés. Aquí, reside la importancia del maestro, aquél que el niño amará a través del conocimiento que le brinda. Este es el mejor camino espiritual. 

Cuando se siente la necesidad del saber, del conocimiento, entonces, comienza a caminar. 

En la actualidad, se observa que se tienen dos o tres temas fijos: la política, la economía, los deportes. Estos temas derivan de la T:V., de la opinión de algún familiar, de algo que se leyó, a los cuales, además, se le agrega otras cosas aprendidas de memoria. Llegado este punto, no permitimos que nadie toque este edificio de ideas, porque de otra manera, nuestro edificio se derrumba. Esto es habitual; ya que cuando conocemos algo, tratamos que nadie diga una cosa distinta.

Se tiene la necesidad de aferrarse a algo; y si lo vemos desde otro  punto de vista, nos confundimos. Nuestro edificio debe ser sólido. Lo grave no es que sea sólido, sino que sea rígido, imposible de sufrir cambios. 

Un trabajo espiritual, siempre comienza por “desarmar nuestro edificio”. Edificio que, también, puede ser construido anímicamente, en detrimento del pensar. 

Es necesario lograr una cierta plasticidad en el pensar. 

Si el estado que llamamos duda se vuelve rígido, quedamos apresados en las mallas de una red. Lo rígido es patrimonio del reino mineral,  inanimado. En cambio en el reino vegetal y animal todo es dinámico y cambiante.

Por ejemplo: si planto cinco semillas, no se a priori cuáles crecerán y cuáles no; esto es lo interesante, lo imprevisto. Por el contrario, si estoy frente a un mineral puedo saber con antelación y exactamente su punto de fusión, su elasticidad y otras características, o sea que las leyes que rigen el reino mineral inanimado nos permiten prever con certeza lo que ocurrirá, mientras que en el dominio de la Vida todo puede suceder más allá de nuestras previsiones.

Entonces, en el trabajo espiritual no es cuestión de llenarse de teorías. Steiner llama a esto “egoísmo metafísico”. 

Por lo tanto, cuando uno quiere conocer, saber, tiene que ser plástico, flexible a las cosas que están vivas. Para aceptar la visión del otro, es necesario aceptar que ésta es tan válida como la mía. La propuesta es conmoverse realmente con la devoción del otro. Es un trabajo interior. El trabajo es sentir que puedo vibrar con la emoción del otro. 

Cuando se está frente a una persona que tiene mucha información, se sabe desde dónde está hablando, desde dónde proviene su ignorancia o su aparente sabiduría. Así se establece la diferencia: cuando se está frente a quien tiene mucha información o a quien vibra en ese lugar de conocimiento. La persona que vive la experiencia es más tolerante, escucha, quiere aprender. En general, el que sabe mucho es muy orgulloso o vanidoso. 

A una edad determinada, lo material sería la necesidad de reconciliarse con la vida. 

Si consideramos los septenios en que se divide la vida terrenal, el que corresponde a los 63 años se relaciona con el septenio de 0 a 7 años. A partir de los 70 años, la relación se establece con la etapa pre-natal. En este momento, lo que sucede a la persona guarda estrecha relación con quién es, adónde va, qué hace, qué es lo próximo que vendrá y cómo se prepara para recibirlo. Porque aquí se tiene la certeza de la partida. 

Sin embargo, en esta etapa, todo lo que los médicos quieren solucionar, es la falta de memoria; los sentidos que ya no tienen la fuerza que tenían. Esta pérdida se justifica, porque una persona de 70 años no necesita ver esta realidad. Necesita recordar las distintas etapas de su vida, los buenos y los malos momentos vividos, perdonar, en fin, cerrar círculos. La memoria, debe estar en función de este trabajo y no en función de la vida cotidiana. Se está preparando para otra realidad. Aquí observamos la sabiduría de la naturaleza. 

Generalmente, se valora mucho la inteligencia como sinónimo de conocimiento. En cambio, pienso que la inteligencia está relacionada con el saber vivo, con la forma en que cada uno realiza la experiencia, independiente del conocimiento adquirido en cada etapa de la vida. Una persona puede hacer en una vida un trabajo sensorial y en otras, ser un artista, donde se conecta con esa sabiduría adquirida; está impulsado a vivir las cosas de otra manera. 

Otras veces, en la vida, hay momentos de paz y de tranquilidad; es decir. La vida nos da tiempo para reacomodarlos. 

Cuando son muchos los dolores a padecer, sería lícito pedir una postergación de pruebas. Cuando es mucho lo que se sufre, pediría que los procesos se lentificaran para darme tiempo para encararlos y no la supresión de los mismos . Porque si tengo mucho dolor y, en determinados momentos, se produjo una desarmonía que me sobrepasa, no puedo esperar y transformar este dolor en aprendizaje. 

Si se vive la vida como un aprendizaje, parte de ese aprendizaje es el dolor, que es necesario atravesar, no su consecuencia. Cuando se piensa en el dolor como consecuencia, la misma historia se transforma en castigo; “ahora hay que sufrir”. 

El tema no es eliminar el dolor y quedarse con el placer; esto no existe. 

Entonces, uno va evolucionando, adquiriendo cosas y está en un proceso de aprendizaje; cuando no se considera el aprendizaje, aparece el enojo con la vida, en lo injusta que es. 

Si se piensa en un proceso de aprendizaje, es como una meditación: porque las cosas que pasan tienen un sentido; y si alguien procedió mal, pienso: “¿qué me está enseñando?. 

Existe un método para trabajar esto. Si una persona me agrede, para evitar el enojo en ese momento, es posible pensar: “esto es agresivo” o “esta es la agresión”; y no: “ese hombre es agresivo”.

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